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Vida

Mientras caminaba pensando en las miles de maneras en que podría morir, también pensó en los caminos que le gustaría seguir andando mientras agonizaba tendido en una calle húmeda y con restos de pasos embarrados. A veces, no sabía si estaba vivo o muerto. El frío se sentía igual que cualqueir día, así que no era un buen indicio. Recordó un programa en la televisión sobre cómo las mentes sectarias podían pasar por verdaderas frases que con anterioridad sabían falsas. El asunto era sencillo pero el horror que le causaba la posibilidad de que alguien lo engañara sin que él se diera cuenta le impidió entender la neurología que lo explicaba todo. De pronto se sintió tentado a pensar que él era una mente sectaria, que estaba pasando por un extasis inducido y que estaba muerto en la vida misma, en la de verdad. Eso explicaría muchas cosas, como el frío, los recuerdos inútiles sobre programas de ciencia especulativa, las ganas de caminar, las ganas de recordar. La nostalgia por la vida.

Tenía que estarlo,  en la mayoría de los días no hay tiempo para pensar tantas estupideces a la vez.  Yo siempre supe que su muerte iba a ser tranquila. Su cara desde el cajón parecía normal (a diferencia del ataúd, un cajón siempre apesta a difunto, aun si está vacio, siempre tiene esa cinta púrpura, siempre necesita voceador para venderse).

Son todas esas cosas que se pasan en tres segundos. Que los vivos lamentan y recuerdan por siempre.

Letra por letra

Me levanté pensando que las palabras se hacen letra por letra. (Claro, también me acordé de aquella frase “camino se hace al andar”). Me desperté con la inquietud de lo pendiente y las miles de calamidades que pueden surgirle al paso, hasta convertirlo en una pesadilla que te saca de la cama, con la respiración acelerada y los ojos preocupados.

Me desperté con ese horroso impulso de no dejar caer las cosas que determinan el futuro, las importantes. Me levanté, sí. Pero tarde. ¿Dejé caer esas cosas? Estoy deseando que no. El impulso me alcanzó para hacer ciertas gestiones pero no las necesarias y dudo mucho (aunque espero que no) las suficientes…

Entre tanto, hice un recorrido por algunas letras que me han dejado esto. Sí, este post, este nuevo blog, estas nuevas ganas. Esas letras, aunque no sublimes (el “neologismo” del artista culto) si adecuadas y alentadoras. Curiosamente son letras que describen situaciones que conozco perfectamente y por eso me puse a pensar ¿Es que todos pasamos por lo mismo y ahora que es tan fácil comunicarlo (facilidad en cuanto a los medios, la difusión, etc) nos identificamos, creemos, sentimos igual (gran tragedia) y nos dan ganas de replicar?

No importa. No importa cuál sea la sociología del asunto. Esto tenía que salir así. Porque el silencio no es una buena nevera que conserva vivas ciertas ideas y ciertos placeres. El silencio, la escritura y el lenguaje son algo móvil y hay que recorrerlo con perversión y descaro. Con la completa certeza de que es preciso aprender a convivir con dudas irresolubles, con ésta imposibilidad de decir y con aquellas perplejidades insatisfechas que se anidan en el corazón y movilizan hasta la angustia y la alegría.

No sé cuándo la escritura se convirtió en nuestra más preciada creatura, la que nos hace sentir como grandes dioses megalómanos y, en su ausencia,  pequeños miserables. Indómita a veces, fácil, transparente o llena de mentiras. Siempre está ahí para juzgar, para apremiar. En fin…no sé muchas otras cosas pero me levanté creyendo que las palabras se hacen letra por letra y que por alguna razón sigo deseándolas, a ellas o a todo lo que esconden.

 

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