Mientras caminaba pensando en las miles de maneras en que podría morir, también pensó en los caminos que le gustaría seguir andando mientras agonizaba tendido en una calle húmeda y con restos de pasos embarrados. A veces, no sabía si estaba vivo o muerto. El frío se sentía igual que cualqueir día, así que no era un buen indicio. Recordó un programa en la televisión sobre cómo las mentes sectarias podían pasar por verdaderas frases que con anterioridad sabían falsas. El asunto era sencillo pero el horror que le causaba la posibilidad de que alguien lo engañara sin que él se diera cuenta le impidió entender la neurología que lo explicaba todo. De pronto se sintió tentado a pensar que él era una mente sectaria, que estaba pasando por un extasis inducido y que estaba muerto en la vida misma, en la de verdad. Eso explicaría muchas cosas, como el frío, los recuerdos inútiles sobre programas de ciencia especulativa, las ganas de caminar, las ganas de recordar. La nostalgia por la vida.
Tenía que estarlo, en la mayoría de los días no hay tiempo para pensar tantas estupideces a la vez. Yo siempre supe que su muerte iba a ser tranquila. Su cara desde el cajón parecía normal (a diferencia del ataúd, un cajón siempre apesta a difunto, aun si está vacio, siempre tiene esa cinta púrpura, siempre necesita voceador para venderse).
Son todas esas cosas que se pasan en tres segundos. Que los vivos lamentan y recuerdan por siempre.
