¿Cuántas vueltas se pueden dar tratando de justificar lo injustificable? ¿Cuánta energía se puede perder buscando razones, buscando ajustar razones donde no caben, inventando razones de la nada? ¿Cómo evadir el impulso cerebral de explicarse lo vital, lo ineludible, la presencia continua de un algo y de sus consecuencias? ¿Cómo se renuncia a esas necesidades?
Todos tenemos miedos. No sé si todos le teman a los miedos que tienen. Es decir, si alguien teme a tener ciertos miedos y no otros. No sé cómo se sale de un soliloquio autoimpuesto en el que no queda otra que encerrarse con sus propios miedos. Me avergüenzan mis miedos. Siento que no debería tenerlos.
En algún punto decidí incomunicarme. Comunicarme erroneamente. Para tratar de desentrañar, para mi misma, una red complejísima de conceptos, de moralidad, de inseguridad y de esperanzas que me mueven desde adentro o que ya no me mueven en absoluto. Hice mal. En algún punto perdí la perspectiva y queda un gran agujero inefable lleno de cosas que me atraen como la gravedad, cosas malas.
No puedo explicarlo, no puedo justificarlo y no puedo entenderlo. La única evidencia que tengo es el riesgo, los impulsos peligrosos, la impaciencia patológica. Me quedan como prueba esas sensaciones y la certeza misma de que se han vuelto incontrolables.
Algo sé. Se que puedo pasar los días evadiendo con miedos menores, compañías pasajeras, palabras volátiles. Puedo dormir. Puedo ser autómata. Puedo dejar de pensar. Puedo abstraerme. Puedo renunciar. Puede no importar. Es fácil lograrlo. Lo he llegado a hacer.
Estoy en esa delgada línea, entre la decisión de continuar hasta que la inercia se acabe o puedo dejar de esperar que esa red de todo lo que sea la vida, de todas esas nociones trastocadas me mueva y, entonces, empezar a actuar para construir caminos distintos. La inercia (esa es otra certeza) se está agotando. Ya no soporta mi pesadez.
Quisiera no recurrir a una necesidad en la historia. No es necesario desdibujarse. Pero no tengo más que las sospechas y los contornos borrosos. Algo podré hacer desde ahí, ya que ahora, tampoco tengo piso, ni cielo ni infierno.
