Soy generalmente distraída cuando voy por la calle. Siempre con la mirada clavada en el piso, como un simple acto reflejo para sentir que todavía estoy caminando y sigo en el mismo lugar. Que no me he abstraído, que tengo un destino o un plan automático para ir de A a B.
Esta tarde, en esos gestos rutinarios de pensar caminando (y no al contrario), imaginaba un mundo cómodo. Un mundo cómodo para mí sería aquel en el que pudiera decirle a las personas, sin ninguna causa justificada, que las amo y que, por eso no me juzguen de demente. Porque a veces me dan ganas de abrazar a personas que apenas conozco y de darles las gracias por dejarme ponerles atención, por estar en un mismo espacio-tiempo (real o virtual).
Creo que existen tres escenarios básicos de interpretación. Pueden pensar que tienes algún tipo de interés romántico o sexual lo cual resulta bastante incómodo para quien lo sospecha y deja en un pésimo concepto a quién se le ocurre expresar esos impulsos. También podrían considerarte un sociópata que no maneja muy bien el concepto de lo “correcto” en el trato con los otros. En el mejor de los casos, uno simplemente puede pasar como una persona que hace cosas ridículas.
Pienso esas cosas. De vez en cuando me da por mirar conscientemente mis pasos, para asegurarme de que no me acerco a un abismo, de que no hay un poste en frente, de que no me voy a chocar con alguien. Pienso y escucho una voz: “Deme ya el celular o sino la chuzo y siga caminando”. Dos tipos, uno a cada lado, me amenazan con un cuchillo oxidado. Se me ocurre mentir: “No tengo, me robaron justo hace dos semanas” veo la chaqueta roja del que iba a mi derecha, su gorro blanco, sus ojos enormes, verdes y muertos. -¿Ah sí? ¿Entonces qué es eso?. Eficientemente encontró mi blackberry en el bolsillo.
Quise pensar que se llamaba Nelson. (Perdón a los Nelson que lean esto). El miedo me supo a Nelson. Tal vez porque Nelson se llamaba el niño grande y gordo de segundo de primaria que tenía poder y controlaba los partidos de fútbol, las onces de los otros niños y la atención de los de tercero. Nelson saco mi celular y amablemente seguimos caminando.
Sonó una alarma de la calle. Entendí por la reacción que Nelson y el otro la conocían bien. “Toma, nosotros no te hicimos nada, no pasó nada”. Seguimos caminando, yo con mi miedo y mi celular nuevamente en el bolsillo. Llegamos a una esquina, seguí derecho, ellos doblaron.
Me detuve cuando los sentí lejos. Los ví caminar con calma toda la cuadra siguiente, mientras a mi me temblaban las piernas. Los ví con mirada de aeropuerto. Los ví con rabia. Los ví y entendí que el mundo cómodo que deseo está tan lejos como ellos ahora.
