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Tratando de entender argumentos contra un escepticismo sin nombre y muchas formas en las que puede ser reformulado me puse a pensar en  un vacio que siempre está ahí. En mi cabeza.  Intenté escribir un post sobre los miles de recuerdos que tengo de la clase de Memoria. Son miles, porque mi propia memoria se ha encargado de fragmentar muchas veces las continuidades del pasado y el resultado final es un video mal grabado lleno de cortes y de inicios sin coherencia.  Alguna explosión interna ha minado mi confianza en las imágenes, en mi voz histórica. A veces me cuesta distinguir entre lo que he leído y lo que  me han contado. Me cuesta recordar referencias de textos que he devorado de emoción y todas las ideas que tengo cuando eso pasa.  No confio en mis recuerdos y no confio en mi misma.  Y estaba tratando de escribir, justamente, que todos esos vidrios rotos que soy me impidieron terminar esa historia que quería narrar sobre mis clases de memoria.

Dudar de los recuerdos  es dudar de uno mismo.   A la luz del  texto que estoy leyendo, algunas de las cosas que estoy pensando no tienen sentido y no lo tiene tampoco la duda.  Pero no. Eso no es lo que quería escribir. Lo que quiero escribir, el pensamiento que me despertó, me sacó de la concentración de la lectura y me trajo acá es que: ¡Estoy aburrida de mi monotematismo! Me quejo, me desespero, me pongo triste. Pero todo gira a mí alrededor. Estoy en la casa que queda en mi espalda.  Soy el caracol que se ha negado a seguir su lento caminar y se ha encerrado en sí mismo. Oculto mis ojos, mi cuerpo y ¡puf! Soy una muralla impenetrable.

Eso:  -yo-soy-tengo-notengo-quiero-noquiero-mi-mimisma-yo-yo-yo-yo.  Estoy encerrada y estoy –sí YO- cansada de estarlo. Escogí una cárcel fragmentada para encerrarme. Elegir minar la memoria. Elegir desvanecerme (así como este texto desesperado se ha venido desvaneciendo en claridad, en consistencia gramatical. Sus frases cada vez más cortas. Las ideas cada vez más dispersas. Los discursos repetitivos. Las frases comunes.  El egocentrismo lingüístico. Muchos puntos. Muchos cortes como mi memoria)

Y ¿Qué he dicho?  No he dicho nada aún y el mundo sigue afuera cayéndose igual. Y yo sigo acá, hecha toda una empty shell.  La barrera es cada vez más amplia.

P.D: Me asusta mi realismo.

No sé

¿Cuántas vueltas se pueden dar tratando de justificar lo injustificable? ¿Cuánta energía se puede perder buscando razones, buscando ajustar razones donde no caben, inventando razones de  la nada?  ¿Cómo evadir el impulso cerebral de explicarse lo vital, lo ineludible, la presencia continua de un algo y de sus consecuencias? ¿Cómo se renuncia a esas necesidades?

Todos tenemos miedos. No sé si todos le teman a los miedos que tienen. Es decir, si alguien teme a tener ciertos miedos y no otros.  No sé cómo se sale de un soliloquio autoimpuesto en el que no queda otra que encerrarse con sus propios miedos.  Me avergüenzan mis miedos. Siento que no debería tenerlos.

En algún punto decidí incomunicarme. Comunicarme erroneamente. Para tratar de desentrañar, para mi misma, una red complejísima de conceptos, de moralidad, de inseguridad y de esperanzas que me mueven desde adentro o que ya no me mueven en absoluto.  Hice mal. En algún punto perdí la perspectiva y queda un gran agujero inefable lleno de cosas que me atraen como la gravedad, cosas malas.

No puedo explicarlo, no puedo justificarlo y no puedo entenderlo. La única evidencia que tengo es el riesgo, los impulsos peligrosos, la impaciencia patológica.  Me quedan como prueba esas sensaciones y la certeza misma de que se han vuelto incontrolables.

Algo sé. Se que puedo pasar los días evadiendo con miedos menores, compañías pasajeras, palabras volátiles. Puedo dormir. Puedo ser autómata. Puedo dejar de pensar. Puedo abstraerme. Puedo renunciar. Puede no importar. Es fácil lograrlo. Lo he llegado a hacer.

Estoy en esa delgada línea, entre la decisión de continuar hasta que la inercia se acabe o puedo dejar de esperar que esa red de todo lo que sea la vida, de todas esas nociones trastocadas me mueva y, entonces, empezar a actuar para construir caminos distintos. La inercia (esa es otra certeza)  se está agotando. Ya no soporta mi pesadez.

Quisiera no recurrir a una necesidad en la historia. No es necesario desdibujarse. Pero no tengo más que las sospechas y los contornos borrosos. Algo podré hacer desde ahí, ya que ahora, tampoco tengo piso, ni cielo ni infierno.

No quiero…

Llueve y estoy cansada de todo.

No quiero salir a la calle. No quiero ver a otras personas. No quiero seguir fracasando. No quiero ver las calles rotas. No quiero ver cómo siguen las cosas. No quiero vivir en este país. No quiero dejarme vencer. Pero no quiero seguir peleando. No quiero sentir esta soledad. No quiero que me moleste la soledad. No quiero llegar a odiar la soledad.  Y he peleado por la soledad. He exigido mi soledad. Necesito mi soledad. Perdí el rumbo dentro de mi soledad. No quiero seguir pensando. No quiero este ánimo repulsivo.

Soy generalmente distraída cuando voy por la calle. Siempre con la mirada clavada en el piso, como un simple acto reflejo para sentir que todavía estoy caminando y sigo en el mismo lugar. Que no me he abstraído, que tengo un destino o un plan automático para ir de A a B.

Esta tarde, en esos gestos rutinarios de pensar caminando (y no al contrario), imaginaba un mundo cómodo. Un mundo cómodo para mí sería aquel en el que pudiera decirle a las personas, sin ninguna causa justificada, que las amo y que, por eso no me juzguen de demente. Porque a veces me dan ganas de abrazar a personas que apenas conozco y de darles las gracias por dejarme ponerles atención, por estar en un mismo espacio-tiempo (real o virtual).

Creo que existen tres escenarios básicos de interpretación. Pueden pensar que tienes algún tipo de interés romántico o sexual lo cual resulta bastante incómodo para quien lo sospecha y deja en un pésimo concepto a quién se le ocurre expresar esos impulsos.  También podrían considerarte un sociópata que no maneja muy bien el concepto de lo “correcto” en el trato con los otros. En el mejor de los casos, uno simplemente puede pasar como una persona que hace cosas ridículas.

Pienso esas cosas.  De vez en cuando me da por mirar conscientemente mis pasos, para asegurarme de que no me acerco a un abismo, de que no hay un poste en frente, de que no me voy a chocar con alguien.  Pienso y escucho una voz: “Deme ya el celular o sino la chuzo y siga caminando”. Dos tipos, uno a cada lado, me amenazan con un cuchillo oxidado.  Se me ocurre mentir: “No tengo, me robaron justo hace dos semanas” veo la chaqueta roja del que iba a mi derecha,  su gorro blanco, sus ojos enormes, verdes y muertos.  -¿Ah sí? ¿Entonces qué es eso?. Eficientemente encontró mi blackberry en el bolsillo.

Quise pensar que se llamaba Nelson. (Perdón a los Nelson que lean esto). El miedo me supo a Nelson. Tal vez porque Nelson se llamaba el niño grande y gordo de segundo de primaria que tenía poder y controlaba los partidos de fútbol, las onces de los otros niños y la atención de los de tercero.  Nelson saco mi celular y amablemente seguimos caminando.

Sonó  una alarma de la calle. Entendí por la reacción que Nelson y el otro la  conocían bien.  “Toma, nosotros no te hicimos nada, no pasó nada”. Seguimos caminando, yo con mi miedo y mi celular nuevamente en el bolsillo. Llegamos a una esquina, seguí derecho, ellos doblaron.

Me detuve cuando los sentí lejos. Los ví caminar con calma toda la cuadra siguiente, mientras a mi me temblaban las piernas. Los ví con mirada de aeropuerto. Los ví con rabia. Los ví y entendí que el mundo cómodo que deseo está tan lejos como ellos ahora.

Vida

Mientras caminaba pensando en las miles de maneras en que podría morir, también pensó en los caminos que le gustaría seguir andando mientras agonizaba tendido en una calle húmeda y con restos de pasos embarrados. A veces, no sabía si estaba vivo o muerto. El frío se sentía igual que cualqueir día, así que no era un buen indicio. Recordó un programa en la televisión sobre cómo las mentes sectarias podían pasar por verdaderas frases que con anterioridad sabían falsas. El asunto era sencillo pero el horror que le causaba la posibilidad de que alguien lo engañara sin que él se diera cuenta le impidió entender la neurología que lo explicaba todo. De pronto se sintió tentado a pensar que él era una mente sectaria, que estaba pasando por un extasis inducido y que estaba muerto en la vida misma, en la de verdad. Eso explicaría muchas cosas, como el frío, los recuerdos inútiles sobre programas de ciencia especulativa, las ganas de caminar, las ganas de recordar. La nostalgia por la vida.

Tenía que estarlo,  en la mayoría de los días no hay tiempo para pensar tantas estupideces a la vez.  Yo siempre supe que su muerte iba a ser tranquila. Su cara desde el cajón parecía normal (a diferencia del ataúd, un cajón siempre apesta a difunto, aun si está vacio, siempre tiene esa cinta púrpura, siempre necesita voceador para venderse).

Son todas esas cosas que se pasan en tres segundos. Que los vivos lamentan y recuerdan por siempre.

Miedo

Es uno de esos días en los que no entiendo para qué se escribe. Escribir siempre implica exponerse, cualquier tipo de escritura saca de tí una parte que explota en letras como un cuerpo en medio de la guerra sin ninguna defensa, sin la menor oportunidad de sobrevivir.

Cualquier tipo de escritura te arranca un pedazo de alma que se convierte en un anzuelo para cazar incertidumbres y homicidas. Puede ser que hiperbolizar el miedo a la exposición es sólo un síntoma de que ciertas mentes no están hechas para escribir, que sería mejor dejar de adorar la idea, cual dios, y conseguir otros medios de expresión en caso de que quede algo ahí para ser expresado. Escribir es la empresa más temeraria que pueda pensar, es de valientes.

Hoy creo que la escritura te fija, te cuelga en un campo. Pero he vivido en tantos lugares, he caminado muchos kilómetros sin moverme cuando leo,  que me cuesta creer que ese otro lado de la historia sea tan inclemente, tan estacionario como para que un desconocido pueda situarte allí donde habitas y te juzge hasta la muerte desmembrando cada una de tus partes con rigurosa sevicia porque te sabe. Te sabe desde las palabras.

Antes de poder dar cualquier paso, parece prudente cercenar el miedo. El miedo al miedo. El miedo de más.

P.D

Hoy también es un día para pensar sobre quiénes estan ahí. Quiénes son sedimento del  rio y quiénes son los barcos que se van al ritmo de cualquier viento.

Sonidos: Nebulizer by Nils Petter Molvaer

Letra por letra

Me levanté pensando que las palabras se hacen letra por letra. (Claro, también me acordé de aquella frase “camino se hace al andar”). Me desperté con la inquietud de lo pendiente y las miles de calamidades que pueden surgirle al paso, hasta convertirlo en una pesadilla que te saca de la cama, con la respiración acelerada y los ojos preocupados.

Me desperté con ese horroso impulso de no dejar caer las cosas que determinan el futuro, las importantes. Me levanté, sí. Pero tarde. ¿Dejé caer esas cosas? Estoy deseando que no. El impulso me alcanzó para hacer ciertas gestiones pero no las necesarias y dudo mucho (aunque espero que no) las suficientes…

Entre tanto, hice un recorrido por algunas letras que me han dejado esto. Sí, este post, este nuevo blog, estas nuevas ganas. Esas letras, aunque no sublimes (el “neologismo” del artista culto) si adecuadas y alentadoras. Curiosamente son letras que describen situaciones que conozco perfectamente y por eso me puse a pensar ¿Es que todos pasamos por lo mismo y ahora que es tan fácil comunicarlo (facilidad en cuanto a los medios, la difusión, etc) nos identificamos, creemos, sentimos igual (gran tragedia) y nos dan ganas de replicar?

No importa. No importa cuál sea la sociología del asunto. Esto tenía que salir así. Porque el silencio no es una buena nevera que conserva vivas ciertas ideas y ciertos placeres. El silencio, la escritura y el lenguaje son algo móvil y hay que recorrerlo con perversión y descaro. Con la completa certeza de que es preciso aprender a convivir con dudas irresolubles, con ésta imposibilidad de decir y con aquellas perplejidades insatisfechas que se anidan en el corazón y movilizan hasta la angustia y la alegría.

No sé cuándo la escritura se convirtió en nuestra más preciada creatura, la que nos hace sentir como grandes dioses megalómanos y, en su ausencia,  pequeños miserables. Indómita a veces, fácil, transparente o llena de mentiras. Siempre está ahí para juzgar, para apremiar. En fin…no sé muchas otras cosas pero me levanté creyendo que las palabras se hacen letra por letra y que por alguna razón sigo deseándolas, a ellas o a todo lo que esconden.

Hoy fue este escupitajo, nunca sé mañana…

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